26 al 29 de mayo | Centro de Extensión Oriente UC | Entrada liberada
Marcelo Espíndola Sandoval es percusionista, compositor, Magíster en Artes y gestor cultural.
Este mes estrena una obra electroacústica multicanal en el XI Festival de Música Electroacústica de la Pontificia Universidad Católica de Chile, fruto de una residencia que ganó para componer en el CITALAB, el laboratorio multicanal del Departamento de Ingeniería Eléctrica del Campus San Joaquín UC.
Conversamos con él sobre el proceso creativo, la escena electroacústica chilena y lo que viene.
Ganaste una residencia para componer en el CITALAB, el laboratorio multicanal de Ingeniería UC. ¿Qué significó ese reconocimiento y cómo cambió tu proceso creativo trabajar en ese espacio?
Es un gran estímulo, sin duda, porque además de componer tengo la posibilidad de estrenar la obra en el festival UC, que es una gran vitrina.
El proceso creativo no cambia, más bien crece.
En la estética de la electroacústica, la búsqueda de timbres y la manipulación del objeto sonoro son fundamentales, y el espacio sonoro también lo es: es otra variable a considerar, tan importante como la armonía y el ritmo en la música popular.
Es un tema que siempre me ha interesado y que es muy difícil de abordar acá en Chile cuando no se cuenta con un laboratorio para esto. Por lo tanto, al recibir la noticia de la residencia fue un súper impulso, muy motivante.
¿Qué vas a estrenar en el festival y sobre qué concepto o pregunta se articula esa obra?
La obra se titula “El paso del tiempo y la inmensidad del mar”. Es una pieza multicanal de 12 canales, que para entenderlo en fácil es como tener 6 parlantes estéreo repartidos en una sala de conciertos: un sistema de sonido envolvente.
El concepto tiene que ver con el paso del tiempo y las preguntas que nos genera: ¿el tiempo pasa?, ¿nos movemos en el tiempo?, ¿envejecemos?
Y toda esa incertidumbre del presente, el ser y estar, y las obligaciones de la vida moderna que no te dejan vivir.
Una sociedad que viaja más pendiente de lo que hay que hacer mañana que de disfrutar el día a día.
Ya lo decía Víctor Jara: “en cinco minutos la vida es eterna”.
Para mí hay algo que disfruto profundamente: contemplar el mar, sin más cuestionamiento, solo sentarse, mirar y sentir. El mar es otro tema que me apasiona: su inmensidad, su incesante movimiento, toda la vida que habita en él, lo enorme y frágil que es, lo poco que lo cuidamos.
Eres percusionista de origen: un mundo físico, táctil. ¿Cómo convive eso con la música electroacústica, que muchas veces es sonido sin gesto visible?
La verdad no lo sé, soy muy buscapleitos y a veces voy de tema en tema aprendiendo cosas que me interesan.
Así paso de tocar las tumbadoras en mi banda MATAHARI a componer electroacústica con una estética diametralmente distinta. En esta nueva obra dejé que lo rítmico fuera protagonista: ahí está lo percutivo presente.
Hay motivos rítmicos que se van desarrollando como si fueran el tic-tac de un reloj, no literal, pero sí conceptual o musicalmente hablando.
La verdad me llevo bien con ambos mundos; mientras la música sea honesta, sin mayor pretensión que hacer música, conviven muy bien.
¿La percusión está presente en esta nueva obra, aunque sea transformada o invisible?
Sí, bastante, o más bien lo rítmico.
Los sonidos son extraídos de dos sintetizadores Korg Volca Modular, que secuencié y luego grabé en el computador.
Ahí fui modelando los motivos rítmicos que se escuchan en la obra.
En ese proceso de modelado apliqué herramientas de aleatoriedad del programa Ableton Live —el cual enseño en Projazz— y ese proceso modela las células rítmicas de la obra, algunas de las cuales suenan como si fueran percutidas.
Juan Amenábar impulsó la escena electroacústica sudamericana desde los años 50 en Chile. ¿Sientes que hay una tradición local en este género o todavía está construyendo su identidad?
Lo que impulsaron Amenábar junto a Asuar y Becerra, entre otros, es tremendo. Hacer música electroacústica en los años 50 era increíble; creo que aún no se dimensiona lo trascendental que fue.
Luego vino el Golpe de Estado del 73 y el gran apagón cultural.
Algo se hizo en esos años, muy incipiente pero fructífero.
Sí creo que hay una tradición que ha renacido desde los 2000 hacia acá: hay más cátedras de música electroacústica, más estudios en algunas universidades, se valora más su influencia en muchos géneros y desarrollos técnicos.
En esto quiero mencionar los festivales Aimaako, que trajeron de retorno la electroacústica a un espacio de convivencia musical muy importante; el festival de la UC, que ya lleva diez años abriendo el espacio para la escucha electroacústica; y el tremendo trabajo de Mika Martini y su Netlabel Pueblo Nuevo, donde podemos escuchar música electrónica chilena de todos los estilos.
La identidad existe, solo hay que asumirla.
¿Qué le dirías a alguien que nunca ha escuchado música electroacústica para convencerlo de ir al festival?
Lo invitaría a vivir una experiencia musical distinta y única: la música acusmática —compuesta específicamente para ser escuchada a través de altavoces, sin la presencia física de intérpretes ni de la fuente sonora original a la vista— y la música multicanal.
Además, el festival es gratis.
¿Tienes alguna cábala para tus estrenos?
Nada, solo concentración y pasarlo bien. Se disfruta la vida haciendo música que me gusta.
¿Qué sigue después de este estreno?
Seguir componiendo, armar un nuevo disco con obras que no incluí en mi primer álbum y otras que he creado estos últimos años.
Además, tocar con mi banda MATAHARI: el jueves 28 estamos en el Bar Rockstar Stage, justo antes del estreno. Se viene pesada la semana.
Marcelo Espíndola Sandoval | @marceloespindolamusica
XI Festival de Música Electroacústica UC | 26–29 de mayo | Centro de Extensión Oriente UC | Entrada liberada