“Básicamente ocurrió, ocurrió y ya": Pablo Ilabaca y la música que una generación sabe de memoria  - Projazz
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“Básicamente ocurrió, ocurrió y ya”: Pablo Ilabaca y la música que una generación sabe de memoria 

Pablo Ilabaca González lleva más de treinta años construyendo una carrera que no cabe en una sola categoría. Guitarrista, tecladista, compositor y productor, fue uno de los fundadores de Chancho en Piedra —banda con la que recorrió Chile y América durante 24 años— y es la voz inconfundible de Freddy Turbina en Mi equilibrio espiritual.  

Su trabajo como compositor de las canciones de 31 Minutos le valió un Premio Altazor por mejor disco de música popular. Tras dejar Chancho en Piedra en 2018, activó por completo su faceta solista y ese mismo año se unió a Pillanes, junto a Pedropiedra y los hermanos Mauricio y Francisco Durán de Los Bunkers. También forma dúo con su hermano Felipe bajo el nombre Hermanos Ilabaca.  

Hoy, a 23 años del estreno de 31 Minutos, sus canciones acumulan millones de reproducciones, llenan estadios en México y siguen siendo el hilo invisible que conecta a toda una generación latinoamericana. Le preguntamos cómo ocurrió todo eso. 

Antes de 31 minutos ya habías pensado en hacer música para unas tiras cómicas de Pedro Peirano. ¿Cómo era esa relación previa con él? ¿Y cuando te convocaron para el proyecto, fue Peirano quien llegó a ti o fuiste tú quien dijo “tengo cosas para mostrar”? 

Nos conocimos en el canal 2 de Rock and Pop, yo iba con Chancho en Piedra a hacer una promoción y nos conocimos ahí, hicimos amigos inmediatamente con Lalo, Felipe, Toño… Fue una amistad super fructífera entre los Chancho en Piedra y Pedro, que también un gran colaborador de los Chancho en discos, en presentaciones en vivo, en concepto algunas veces.  

Pedro tenía un cómic que se llamaba Toñito Talón que lanzaba en Las Últimas Noticias en un segmento infantil, y me gustaba mucho.  

De las dos primeras músicas que hice —la música central del programa, 31 Minutos, y Tangananica Tangananá— las grabé en mi casa, en mi home studio, y se las mandé para algún día hacer algo, quizás lanzar el libro de cómics con las músicas instrumentales, anda tú a saber.  

Y resultó así: después él me preguntó dónde estaban esas músicas porque estaba haciendo un piloto para un programa con Álvaro, se las mandé, y de ahí resultó todo. 

Las primeras canciones del programa eran tuyas: instrumentales que tenías guardados y que tampoco le iban a Chancho en Piedra. ¿Cómo fue ese momento en que les mostraste el material? ¿Tenías claro que eso podía funcionar para un programa infantil o fue más una apuesta a ver qué pasaba? 

Yo nunca tuve claro que era para un proyecto de títeres, para televisión o para algo infantil. Fueron temas hechos especialmente para un cómic, esas dos músicas instrumentales. Lo que sí sabía es que no eran para Chancho en Piedra. En todo caso nunca pensé que iban a terminar siendo los himnos de 31 Minutos

Sí tenía claro que podían funcionar por algún lado, porque eran buenas músicas: las escuchabas y yo sabía que eran buenas piezas musicales, que estaban nutridas de algo, solo faltaba ponerles la letra, eran solo instrumentales. 

Te pidieron quince canciones en dos semanas y las compusiste. En algunas entrevistas aparece que te dijeron: música entretenida, delirante, lúdica, transversal. ¿Es cierto, fue tan simple como eso, o hubo más conversación sobre el estilo? ¿Tuviste algún referente claro, o el referente era justamente lo que no querías hacer? 

Me pidieron muchas músicas, porque les gustaron esas dos primeras así que me pidieron canciones para un ranking, música incidental para un reportero que era un micrófono, para un superhéroe que se llamaba Calcetín con Rombos Man, para una banda de zapatillas que se llama Zapandilla, y temas por el estilo 

Y no, no me dijeron nada; yo empecé solo. Dije que sí, y cuando me fui para mi casa pensé: ¿en qué me metí? No voy a poder hacer esto, mucha pega.  

31 Minutos fue mi primer trabajo por encargo, mi primer trabajo fuera de Chancho en Piedra. 

Antes de eso, para mí todo era Chancho en Piedra, Chancho en Piedra, Chancho en Piedra. 

Esto fue lo primero que hice fuera de mi zona de confort; me estaba lanzando a la piscina y tenía que hacerlo bien.  

Recuerdo que las primeras que hice fueron Me cortaron mal el pelo, Señora, devuélvame el balón, Freddy Turbina… y Mi equilibrio espiritual, que la tenía de unos demos que habíamos hecho con los Chanchos y que no había quedado en el disco El Tinto Elemento.  

La agarré y dije: esta canción está buena, hagámosle algo. Le pusimos el concepto, le escribimos la letra en colectivo y la música es mía.  

No tuve ningún referente, solo sabía que era un mundo de títeres, entonces había mucho espacio.  

Lo interesante fue que algo sonaba un poco infantil, pero Mi equilibrio espiritual era un tema rockero, medio James Brown. Ahí dimos un giro importante en la forma de hacer música para niños: no tratarlos de arriba para abajo, sino como personas pensantes y sintientes, igual de poderosas que un adulto. 

Con la mano en el corazón: cuando estaban haciendo la primera temporada, ¿pensaban en un producto para toda la familia o era claramente un programa para niños y lo que vino después fue una sorpresa? 

Creo que se pensó siempre para un programa de primera infancia, pero ya estaba agarrando unos tintes que se salían de los márgenes de los estereotipos infantiles.  

Empezó a gustarles a los papás, a las mamás, a los niños, y después esos niños ahora ya tienen 30 años y también tienen hijos, entonces va siendo una cosa cíclica. Ahí está la transversalidad de 31 Minutos.  

También recuerdo muchos detractores en la época: ocupamos la palabra “idiota” en Objeción denegada y eso generó polémica. 

Pero creo que como fenómeno musical básicamente ocurrió, ocurrió y ya. 

La transversalidad de la música ayudó a que se metiera también en el gusto de los papás. La figura de Juan Carlos Bodoque, con sus notas verdes y su desfachatez, también ayudó. Creo que hay un papá reflejado en Bodoque. Ahhh y el egocentrismo de Tulio también hizo lo suyo. Por ahí va la razón, creo yo, en mi teoría. 

El disco se agotó en menos de dos horas el día del lanzamiento, llegó a séxtuple platino, sonó en discotecas, Los Prisioneros versionaron dos canciones… ¿En qué momento dimensionaron lo que estaba pasando? ¿Y cómo se vive hoy, 26 años después, que esas canciones sean parte de la memoria colectiva de una generación latinoamericana? 

El punto en que empecé a cachar que ya estábamos rompiendo los patrones y que se estaba poniendo popular fue la primera vez que salimos en la portada de Las Últimas Noticias. Después, cuando las canciones empezaron a sonar en Radio Concierto, que era una radio medio taquilla. Y cuando iba en la micro y sonaban como ringtones las melodías que yo había hecho en mi casa. También cuando empezamos a vender discos como locos, cuando iba por el Paseo Ahumada y sonaba en todos lados. Ahí nos empezamos a dar cuenta. 

Imagínate, tocamos ayer (16 de abril) en Mexicali, en el norte de México, en la frontera con Estados Unidos, y estuvieron como 20.000 personas coreando los temas. Ha llegado lejos. Muy agradecido de la vida, de cómo el arte se abre paso, de cómo la música llega a tantos rincones de Latinoamérica. 

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